Des-educando-nos. Criterios metodológicos para integrar la dimensión ambiental en el nivel superior

Ana Rosa Castellanos Castellanos

 

Introducción

Cuando se habla de los problemas ambientales suele pensarse que el tema en cierta forma nos es ajeno, como si esta problemática sucediera o fuera responsabilidad siempre de otros individuos con los cuales nada tenemos que ver, como si tales problemas surgieran por sí mismos, o bien, fueran el producto de las fábricas, las empresas o las industrias, siempre de manera independiente de nuestra voluntad y de nuestras acciones. Esta sensación de alienación, de ser extraños a nuestro propio medio, es algo que hemos incorporado a lo largo de nuestra formación escolar; esa actitud de "estoy enterado, sé lo que ocurre, pero no me concierne", es parte de la cultura individualista, consumista y depredadora en que hemos crecido, misma que se ha visto afianzada por una tradición educativa que separa el conocimiento de la percepción de la realidad.

Nos hemos "educado" para aprender teorías, para conocer nuevas tecnologías, para saber usarlas y para ser eficientes en su aplicación, para llevar a cabo el ejercicio de la profesión que nos guste con el interés de mejorar los ingresos propios y ajenos, pero poco o nada nos hemos educado para hacer de nuestros espacios de vida lugares más habitables, para aprender a tener una mejor calidad de vida, lo que no significa lo mismo que una vida de lujos y despilfarro. La educación ha caminado más por la vía del éxito, entendido como el logro de grandes ingresos o posiciones de poder, que por la vía del servicio, de la colaboración, del respeto a la vida social y natural; nos protegemos, pero no protegemos el futuro de los que vienen después, no cuidamos el patrimonio humano.

Intentar poner un freno a este proceso de rápido deterioro, significa des-educarse de todos los aprendizajes que nos han conducido a esta indiferencia autodestructiva como especie, des-educarnos de la manera de acercarnos a la realidad y de usar el conocimiento para entenderla mejor, para aprovechar nuestro entorno sin agotarlo.

La formación profesional profundiza la distancia entre conocimiento y realidad, en particular cuando el ejercicio profesional se observa solamente como una posibilidad de mejora económica y la función social de la profesión se diluye en la vorágine de la oferta y la demanda, dejando fuera, o confiriendo una relevancia mínima, a la pertinencia y el impacto social que el ejercicio profesional pudiese tener; de este modo, se inhibe el potencial que la actividad profesional podría lograr en la resolución de problemas ambientales específicos.

La formación profesional se ha orientado a la adquisición de capacidades técnicas y habilidades para el ejercicio en los ámbitos social y productivo, dejando de lado, o tocando en forma tangencial, los temas ligados a los valores, los problemas ambientales, la relación norte sur, la violencia social, la injusticia, la lucha por mayores espacios para la democracia y otros temas semejantes, los cuales, si bien no constituyen propiamente contenidos específicos de una carrera profesional, sí se manifiestan en las conductas y actitudes de profesores y alumnos, haciéndose visibles para la sociedad en las formas en que los egresados desempeñan su actividad profesional.

La paulatina descomposición social que vivimos, donde impera un individualismo egoísta, constata un fuerte desprecio por las condiciones en que se encuentra el medio ambiente. Cuando el deterioro no nos afecta de manera directa, se percibe una actitud de franca indiferencia ante los problemas ambientales; desde esta visión suele pensarse, por ejemplo, que no importa que se seque el lago de Chapala mientras en mi casa siga habiendo agua. Este tipo de respuestas expresan el pobre impacto que las instituciones han logrado en la difícil tarea de formar sujetos sociales conscientes y capaces de construir sociedades justas y ambientalmente responsables.

Esta situación plantea la necesidad urgente de incorporar la reflexión y la atención a dichos temas en el proceso formativo en diversos niveles: durante la revisión curricular de los planes de estudio; en la formación de los profesores para que éstos a su vez integren la perspectiva ambiental en sus programas específicos de materia; en la reelaboración de los programas de materia, dando significatividad a los contenidos disciplinares respecto a cómo ese conocimiento está relacionado con problemas concretos del entorno.

En ocasiones se considera que incorporar una materia como ecología general, es suficiente para que la problemática ambiental quede integrada al currículum. Ésta es una manera errónea de resolverla, ya que la disociación entre ejercicio profesional y medio ambiente subsiste, o bien se profundiza, si no se logra reconocer el impacto que genera el ejercicio profesional en el entorno. La visión que pudiera lograrse desde una materia como ecología es parcial, ya que sólo se consideran los aspectos biológicos, pero no se logra una comprensión de la complejidad de la problemática ambiental.

Por ejemplo, en el caso de la licenciatura en derecho, el estudiante quizá pueda cursar una materia optativa como legislación ambiental, lo cual le permitiría comprender que existe una normatividad específica en este campo; sin embargo, nunca analiza las otras ramas del derecho (civil, administrativo, fiscal, etcétera) en relación con el tipo de vínculo que pueden tener con el tema ambiental y tampoco analiza los mecanismos para que la legislación ambiental se respete en el marco de otras legislaciones específicas, generándose así una apreciación incompleta e inconexa.

En otros casos encontramos licenciaturas de tipo técnico o del área de las ciencias exactas, donde se ubican con claridad los ámbitos de competencia que estas formaciones tienen con respecto a la problemática ambiental, como pueden ser la ingeniería química, la ingeniería industrial, la ingeniería ambiental. En ellas, frecuentemente se forma desde un enfoque técnico en aspectos como la prevención, tratamiento y atención al impacto ambiental; sin embargo, se omiten las dimensiones social y económica del problema, dimensiones que están ligadas estrechamente con la toma de decisiones que impactarán el ambiente. Posteriormente, muchas de estas decisiones son adversas a la preservación del entorno, con lo cual el análisis técnico se deja de lado, o bien se utiliza para legitimar las acciones, simulando que se siguen las recomendaciones y lineamientos establecidos mediante el contubernio con las autoridades.

Criterios metodológicos

Incorporar la dimensión ambiental en los curricula de cualquier nivel educativo supone una serie de criterios, el primero de los cuales debe hacernos mirar al currículum como un proyecto educativo integrado e integrador, donde los contenidos estén referidos con claridad a problemas específicos, sean éstos problemas de la vida cotidiana en lo general, o bien problemas que se presentan en el ejercicio de las profesiones.

Un proyecto educativo integrado, concibe y organiza el conocimiento de forma articulada, en el que cada disciplina va cobrando significado con relación a los problemas que se analizan, estableciendo una serie de "ligas o enlaces conceptuales" que ayuden a entender la dinámica del problema analizado. De este modo, las disciplinas se ubican como "herramientas del pensamiento", las que nos ayudan a comprender la realidad en sus múltiples facetas, en su complejidad y en su condición de interdependencia.

La identificación de problemas se realiza en el marco del campo profesional, ubicando los contextos y características de cada problema en particular y el tipo de respuesta que puede darse desde el ejercicio profesional. En ocasiones, la aportación de una profesión sólo puede resolver un problema parcialmente; sin embargo, reconocer qué apoya el conocimiento profesional y cómo ayuda a entender la dinámica o complejidad de una situación dada, hace posible conseguir una visión de los límites de la profesión, los cuales no siempre se aprecian cuando se trabaja sólo a partir de los contenidos disciplinares.

La especificidad de cada campo profesional puede ponerse en perspectiva desde un marco social en el que la realidad es observada como el conjunto de situaciones o fenómenos que exigen una respuesta consciente y responsable de los sujetos, la cual no puede ser una intervención simplista o una acción improvisada. En ese sentido, se espera que el profesional de cualquier campo adquiera durante su formación los elementos y las herramientas para intervenir profesionalmente en la realidad, atendiendo las situaciones ambientales de manera responsable, mostrando su capacidad para intercomunicarse con profesionistas de otros campos y desarrollando propuestas o trabajos en equipo.

El complejo social constituye el gran referente para la formación profesional; de ahí que se aborde el reconocimiento de campos o conjuntos de problemas como un insumo necesario para situar el sentido y la pertinencia del ejercicio profesional. Además, es necesario un enlace o eslabonamiento desde la problemática hacia determinadas orientaciones que desarrolle la práctica profesional, de tal manera que los contenidos disciplinares cobren sentido en este enlace sucesivo, en función de cómo son transformados por los sujetos para comprender la realidad, actuar sobre ella y, desde este actuación, irla modificando.

Un currículum que toma como marco la problemática ligada al campo profesional, debe trabajar con los problemas como núcleos articuladores de los contenidos disciplinares. Cada una de las unidades de aprendizaje aporta información relacionada con el problema eje de manera directa o indirecta, y éste es utilizado didácticamente para establecer conexiones entre las disciplinas científicas y la realidad, a la vez que durante el análisis de la problemática se puede ir profundizando el análisis de las implicaciones ambientales que requieren de una toma de decisiones. Al respecto se puede decir que el motor principal de la planeación didáctica de los cursos de un currículum integrado son los problemas de la vida profesional.

Trabajar con el aprendizaje basado en problemas permite también ir ubicando las disposiciones socio-afectivas de los sujetos, ya que esta técnica permite esclarecer y explicitar los valores que están presentes en cada situación, evidenciando cómo se ponen en juego ante la toma de decisiones, y revelando las responsabilidades éticas de un profesionista ante una situación o un problema específico, esto es, descubriendo cómo los actos de cada uno inciden en la salud ambiental del entorno. En este sentido, el currículum es integrador en tanto pone en juego los valores, las disposiciones y las emociones de los alumnos al confrontarlos con la realidad, yendo más allá de un manejo adecuado de la información relativa a la profesión, o de una alta eficiencia en el trabajo técnico.

Otro criterio importante para construir el currículum como proyecto integrador, es el de diseñar una estrategia de formación docente, sistemática, permanente, formal e informal. Esto debe hacerse a manera de espacios donde el personal académico de las instituciones pueda desarrollar nuevas habilidades para la relación educativa, tales como centrar su planeación didáctica en los procesos de aprendizaje de los alumnos y en el tipo de logros que éstos pueden alcanzar; identificar las competencias profesionales que potencializa y desarrolla cada carrera; organizar el material educativo en torno a los problemas de la vida profesional y las competencias que se requieren para resolverlos o atenderlos; generar seminarios de discusión con otros docentes sobre los problemas eje que la profesión ha tomado como recurso didáctico, etcétera.

Este proceso de re-aprendizaje modifica la forma tradicional de acercarnos al conocimiento de una profesión, la cual acostumbra partir de conocimientos generales de tipo disciplinar, hasta arribar a conocimientos particulares y especializados, dejando a los alumnos por entero la difícil tarea de integrar la información de cada disciplina a los diversos objetos de estudio de la profesión. Ello tiene como resultado que los egresados sepan mucho de la carrera, pero no sepan cómo aplicar sus conocimientos teóricos, ni tampoco logren establecer conexiones entre el ejercicio de su profesión y los problemas del medio ambiente.

Por ello, las profesiones requieren ser puestas a discusión tomando como punto de partida una problematización que reconozca cómo las prácticas profesionales impactan lo ambiental, lo axiológico y las formas de relación social. Estos elementos se manifiestan como normas o reglas de procedimiento que son aprendidas desde la formación universitaria basada en los modelos que muestran los profesores, las formas en que se expresan acerca de la carrera y los ejercicios profesionales que esto supone. Por ello, en un proyecto debe plantearse el problema de la formación de profesores desde una lógica transversal.

La discusión sobre las carreras profesionales implica poner en juego los valores que portan los docentes y cómo estos valores son expresados en conductas cotidianas, en ideas de lo que "conviene o no conviene" como profesionista, en la tensión permanente que se da entre el objetivo de servicio y el objetivo de lucro, en la capacidad para discernir y jerarquizar propósitos en la toma de decisiones, etcétera. Durante la formación profesional, los alumnos aprenden actitudes y disposiciones de sus maestros, incorporan hábitos o formas de pensar que les resultan atractivas por exitosas, aun cuando no sean éticas. En general, el éxito se mide por los ingresos económicos y no por las aportaciones que se realicen a la sociedad, devaluando con ello una actitud de servicio, una vocación comunitaria.

La reconstrucción del currículum a la luz de la problemática ambiental implica entonces una revisión detallada de los contenidos disciplinares con el fin de reconceptualizarlos desde la óptica ambiental, dando cuenta de las consecuencias directas o indirectas que la aplicación del conocimiento tiene para el medio ambiente en ese campo profesional, desarrollando ejercicios de acercamiento e indagación a problemas específicos y generando materiales de apoyo para los profesores y los alumnos que permitan des-educar-nos respecto a esa visión parcial, lineal, fragmentada y difusa del conocimiento en que fuimos formados.

Un tercer criterio indispensable para trabajar el currículum como proyecto integrador es el desarrollo de una cultura ambiental en la institución, los profesores y alumnos, un ethos, un clima de análisis, encuentro y atención al medio ambiente. Este principio debe trascender la visión romántica de que el trabajo ambiental es sólo plantar arbolitos y reconocer los espacios duros de la dimensión ambiental en la formación profesional, tales como el diseño de proyectos, la aplicación y uso de tecnologías, la definición de políticas de uso de suelo, de construcción, de normas de sanidad, de manejo de desechos, entre otros, que se discuten o analizan poco como parte de las acciones y decisiones que afectan el entorno y que generalmente son tomadas por profesionistas exitosos.

Este clima de cuidado del entorno, requiere una participación constante de todos los actores de la institución; su integración a las diversas acciones puede impulsar cambios profundos en los hábitos de vida ligados a la problemática del ambiente. Se trata, en todo caso, de contribuir a generar una dinámica de inclusión permanente y paulatina de profesores, alumnos, administradores y directivos en las tareas que se emprendan al respecto, de tal manera que se transforme en una propuesta que se "instituya" en la vida cotidiana, que vaya transformando las actitudes de los sujetos educativos y trascienda los espacios institucionales.

Aunque se desarrollen una gran cantidad de acciones orientadas a ir construyendo esta cultura ambiental, éstas pueden resultar infructuosas si no se logra que realmente se conviertan en un modo de ser y estar en el mundo, que se arraiguen en la cotidianidad de las personas; para ello, es necesario que tales actividades se constituyan en prácticas permanentes y sistemáticas al interior de la institución, que se conviertan en hábito y no se miren sólo como una moda pasajera. Algunas acciones que podemos identificar para ir construyendo este ethos pueden ser, entre otras, organizar espacios, tiempos y lugares para mantener una difusión permanente en torno a los problemas ambientales y su vínculo con las profesiones, tales como ficheros, murales, anuncios, carteles, folletos; establecer tiempos y espacios para el diálogo sobre esta temática entre el personal académico, con alcance formal e informal, de tal manera que existan condiciones para que se analice, discuta y proponga al respecto; construir y mantener bases de datos y bancos de información sobre la problemática ambiental que sean accesibles a los profesores y alumnos; organizar ciclos de conferencias, eventos especiales, paneles o seminarios orientados al análisis y discusión de la forma en que impacta al medio ambiente el ejercicio de las profesiones; producir material de análisis para profesores y alumnos que pueda ser utilizado en las diversas materias de cada carrera, etcétera.

Lograr una nueva cultura cotidiana en nuestra relación con el entorno es el objetivo primordial que se busca al integrar la dimensión ambiental en los curricula; su logro depende finalmente de que la docencia se transforme en las aulas para trabajar más cerca de la realidad.

 

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